Ella llevaba tres maletas y con una a penas y podía, su boleto marcaba las ocho en punto, pero aún no daban las siete y media, tenía la esperanza de que pasaran mil cosas en ese lapso y su vida cambiara, cerraba los ojos y le imaginaba corriendo por el anden gritando su nombre, suplicándole que aún no se fuera, que hablaran, diciéndole que necesitaba abrazarla tan fuerte que sintiera romperse, pidiéndole que hicieran algo al respecto... Pero lo único que corría por los andenes era el fuerte viento helado que le recordaba lo sola que estaba...
Esperó a que toda la fila de gente abordara el autobús, con la esperanza de una llamada, un texto, algo que le hiciera detenerse, entonces una voz le sacó de sus pensamientos:
-Señorita, ¿va a abordar?, es tiempo de salir.
Cerró los ojos un breve instante y a pesar de lo mucho que los pies le pesaban y de la gran atracción que el suelo ejercía sobre su cuerpo implorándole no avanzar, subió escalón por escalón, como dejando a cada paso un poquito de su esperanza y de su sueño.
Cuando al fin estuvo en el asiento suspiró hondamente y recostó su cabeza en el vidrio de la ventana, no sabia en qué momento se había permitido tener esas ideas, pensar esas cosas cuando de antemano sabía no iban a suceder, algo le dolía profundamente en el pecho, y supuso que tenía un alma, pues aquella sensación que jamas antes había tenido en la vida era única, era como un dolor que nacía de no sé donde para recorrerle todo el cuerpo cada vez que respiraba, le abrumaba el aire, le pesaba la vida misma, quería bajarse y correr hasta su casa y a la vez estar ya de una buena vez en su destino, lejos de todo aquello.
Cada intento por contener el llanto frente a tantas personas que pasaban por un lado de su asiento, le sabía amargo, quería desahogarse, dejar toda la tristeza tirada en esa ciudad que tal vez no vería en mucho tiempo, no podía soportar la idea de tener que guardarse junto con su orgullo, sus lagrimas, era injusto no tener siquiera el derecho de expresar sus sentimientos, eran de ella y de nadie más, ¿por qué alguien tenía el poder de decirle que no debía mostrarlos?, ¿por qué no podía llorar con libertad en ese momento que tanto lo necesitaba...?
Se levantó de su lugar y se dirigió al baño, el camión aún no salía, era estúpido, entonces ¿para qué los apresuraron tanto?, abrió el pequeño compartimiento que dividía la cabina de pasajeros de los retretes y entró en el reducido cubículo, en ese momento se encendió el motor y ella dejo caer una lágrima tras otra, era como si lloviera sobre su rostro, bajó su cabeza y se sostuvo con fuerza del pasamanos, todo empezaba a moverse, ella había empezado a moverse...
Comenzó a ver por la ventanilla el paisaje urbano desplazándose lentamente y escuchó de lejos las instrucciones del conductor, enjuagó su cara con el agua poco confiable del lavamanos y limpio su nariz, se apuró a salir y regresó a su asiento.
No, nadie la había detenido, no había ni un sólo mensaje recibido, ni una llamada perdida, ninguna persona perseguía el autobús para pedirle que parara y bajara a una muchachita chillona que viajaba en el asiento 26. Era únicamente ella, a bordo, viajando con 35 desconocidos más, personas que quizá también tenían una historia, un motivo, tal vez alguno alegre, probablemente no tanto.
Cada intento por contener el llanto frente a tantas personas que pasaban por un lado de su asiento, le sabía amargo, quería desahogarse, dejar toda la tristeza tirada en esa ciudad que tal vez no vería en mucho tiempo, no podía soportar la idea de tener que guardarse junto con su orgullo, sus lagrimas, era injusto no tener siquiera el derecho de expresar sus sentimientos, eran de ella y de nadie más, ¿por qué alguien tenía el poder de decirle que no debía mostrarlos?, ¿por qué no podía llorar con libertad en ese momento que tanto lo necesitaba...?
Se levantó de su lugar y se dirigió al baño, el camión aún no salía, era estúpido, entonces ¿para qué los apresuraron tanto?, abrió el pequeño compartimiento que dividía la cabina de pasajeros de los retretes y entró en el reducido cubículo, en ese momento se encendió el motor y ella dejo caer una lágrima tras otra, era como si lloviera sobre su rostro, bajó su cabeza y se sostuvo con fuerza del pasamanos, todo empezaba a moverse, ella había empezado a moverse...
Comenzó a ver por la ventanilla el paisaje urbano desplazándose lentamente y escuchó de lejos las instrucciones del conductor, enjuagó su cara con el agua poco confiable del lavamanos y limpio su nariz, se apuró a salir y regresó a su asiento.
No, nadie la había detenido, no había ni un sólo mensaje recibido, ni una llamada perdida, ninguna persona perseguía el autobús para pedirle que parara y bajara a una muchachita chillona que viajaba en el asiento 26. Era únicamente ella, a bordo, viajando con 35 desconocidos más, personas que quizá también tenían una historia, un motivo, tal vez alguno alegre, probablemente no tanto.
-Yo no estoy feliz...
Susurró levemente mientras inclinaba su cabeza hacía atrás. Por primera vez en mucho tiempo pensaba en sí misma, por primera vez en mucho tiempo tenía el valor de aceptarlo, y entre más se alejaba de la ciudad más caía en cuenta de lo mucho que se había olvidado de ella.
-No se ve nada por esa ventana, es noche y está muy oscuro...
-Se ve más de lo que en mucho tiempo fui capaz de ver...
Inmediatamente recapacitó en lo que acababa de decir, había sido un impulso, una necesidad exagerada por decir lo que pensaba.
-Discúlpeme, estaba muy distraída, ni siquiera vi cuando se sentó aquí.
-Discúlpeme usted a mí por asustarla, había entrado al baño, y me di cuenta que lloraba, quise dejarle un momento a solas, me quedé sentado en el escalón.
No supo que decir, se sintió muy apenada y bajo la mirada.
- Oh, no se preocupe, no debí decir eso, es solo que bueno, no supe qué más decir- dijo aquel hombre con una sonrisa condescendiente, como brindándole todo el espacio que necesitaba en aquel momento, a pesar de que físicamente no lo había.
Ella esbozó una sonrisa ligera, aquella torpeza le había parecido graciosa, y suspiró larga y hondamente, mientras volvía su cabeza a la ventanilla, no tenía ganas de hablar pero por alguna razón aquel pequeño detalle de comprensión había dado un poco de paz a su alma.
El hombre junto a ella abrochó su cinturón y se recargó a lado contrario, cruzó los brazos y cerró los ojos. Ella también quería dormir un poco, estaba cansada; las luces del camión eran demasiado tenues y el ligero movimiento le arrullaba, tenía miedo de cerrar los ojos, de despertar y saberse lejos de todo lo que conocía, de que ya no hubiera marcha atrás, pero estaba muy cansada, por fin había tomado una decisión, iba viajando junto con 35 pasajeros más, a lado de un hombre que había sido amable con ella, dejando atrás a una persona que en esos momentos seguramente tenía una noche como cualquier otra. Aquel camión no iba a detenerse y cuando despertara estaría a una ciudad nueva, sola, viendo un paisaje que no había planeado ver, haciendo algo que no esperaba...
Estaba muy cansada y cerró los ojos finalmente.
Susurró levemente mientras inclinaba su cabeza hacía atrás. Por primera vez en mucho tiempo pensaba en sí misma, por primera vez en mucho tiempo tenía el valor de aceptarlo, y entre más se alejaba de la ciudad más caía en cuenta de lo mucho que se había olvidado de ella.
-No se ve nada por esa ventana, es noche y está muy oscuro...
-Se ve más de lo que en mucho tiempo fui capaz de ver...
Inmediatamente recapacitó en lo que acababa de decir, había sido un impulso, una necesidad exagerada por decir lo que pensaba.
-Discúlpeme, estaba muy distraída, ni siquiera vi cuando se sentó aquí.
-Discúlpeme usted a mí por asustarla, había entrado al baño, y me di cuenta que lloraba, quise dejarle un momento a solas, me quedé sentado en el escalón.
No supo que decir, se sintió muy apenada y bajo la mirada.
- Oh, no se preocupe, no debí decir eso, es solo que bueno, no supe qué más decir- dijo aquel hombre con una sonrisa condescendiente, como brindándole todo el espacio que necesitaba en aquel momento, a pesar de que físicamente no lo había.
Ella esbozó una sonrisa ligera, aquella torpeza le había parecido graciosa, y suspiró larga y hondamente, mientras volvía su cabeza a la ventanilla, no tenía ganas de hablar pero por alguna razón aquel pequeño detalle de comprensión había dado un poco de paz a su alma.
El hombre junto a ella abrochó su cinturón y se recargó a lado contrario, cruzó los brazos y cerró los ojos. Ella también quería dormir un poco, estaba cansada; las luces del camión eran demasiado tenues y el ligero movimiento le arrullaba, tenía miedo de cerrar los ojos, de despertar y saberse lejos de todo lo que conocía, de que ya no hubiera marcha atrás, pero estaba muy cansada, por fin había tomado una decisión, iba viajando junto con 35 pasajeros más, a lado de un hombre que había sido amable con ella, dejando atrás a una persona que en esos momentos seguramente tenía una noche como cualquier otra. Aquel camión no iba a detenerse y cuando despertara estaría a una ciudad nueva, sola, viendo un paisaje que no había planeado ver, haciendo algo que no esperaba...
Estaba muy cansada y cerró los ojos finalmente.
| Carretera Puebla-Ciudad de México 2015 |
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