Qué oscuridad tan perfecta recae en tu cuerpo, me provoca sin duda más que pensamientos, tu silencio enardece mis sentidos y acelera los impulsos de mi débil piel, penetras con fuerza sin tocarme un solo instante, en la sutil bajeza de mis fieles instintos. Válgame pues la mirada que somete e impregna, olvídese el tiempo que me encara de frente entera por completo a tu hiel cuando te anochece sin siquiera amarme, saboteada en besos confusos, en silencio inquietante, doblegada a tus ritos. El ritmo tu cuerpo esconde discreto el más puro infierno, y yo bajo y me enredo pecando, cuanto más ahogas más me aferro bestial hombre a tu hambre voraz, olvidando mi nombre y haciendo el tuyo. Impaciente me suelto, me colapso en el fugaz murmullo de tu extraño brío, huyo y renuevo mi fe y me quedo contigo, en la oscuridad tan perfecta de tu ser consumiendo...