Hace
unos días visité la que por casi cinco años fue mi ciudad, no la conocía ya tan
bien, las calles me brincaban, no sabía si subían o bajaban, algunos sitios
parecían perfectamente iguales y otros no lograban venirme a la memoria.
Sentí
nostalgia, realmente mucha, no fueron pocos los atardeceres melancólicos que bajé por el
camellón del 17 a la sombra majestuosa de los viejos arboles, añorando otra
ciudad, deseando que fueran ambas vecinas y tener cerca todo lo que amaba en
ese momento. Otras tantas me hice "pato" en la de Hidalgo, fingiendo que traía
dinero para comprar lo que me llegara a gustar, cuando en realidad solo me alcanzaba
para un trole y unas gorditas de nata.
Nunca he
sido bien ubicada, recuerdo que aún en ese tiempo confundía la de Carrera con
la de Berriozabal, y el micro verde con el otro verde.
-¿Cuál
es el que va para la secundaria cuatro?
Preguntaba
con frecuencia a mis amigos quienes con burla respondían:
-¿No
eres de aquí o qué?
Y el
bulevar, cómo me gustaba a la altura del Paseo Mendez, más cuando llovía, había
cierta magia en él que te despertaba el deseo por el arte, sobre todo cuando el
pequeño río San Marcos llevaba agua, hasta era digno de fotografiarse con
cualquier apertura y velocidad, cómo anhelando plasmar en imágenes sus mejores galas, las
que usaba para esas épocas del año.
Me
vienen a la mente tantas burlas y juegos bajando por el colegio Antonio Repiso,
el resoplido de nuestra respiración por descender toda la loma a plena luz del
medio día, ¡ni modo!, no había de otra, no todos traíamos pal’ micro y era eso
o separarnos para ir a la plaza del 15, y bueno, claro que era más
divertido llegar todos juntos echando el relajo, cantando en los puentes,
cruzando el paso-cebra y riendo como locos cuando por fin alcanzábamos el
Palacio de Gobierno.
Hace
unos días que regresé las cosas lucen un tanto diferentes, la Pinacoteca en el
centro cumple su segundo aniversario ubicada en un edificio que yo durante cuatro
años conocí abandonado; las calles de repente se ven extrañas para mí, no sé si
porque no las recuerdo o porque han cambiado, hay nuevos planes, ideas
distintas, construcciones que desconozco… pero en medio de ese raro pensamiento
que divido entre sentirme como una visitante o como una habitante más sin serlo, me
doy cuenta de algo: poco a poco ha crecido Victoria, igual que todos a los que tuve la dicha de conocer allá, incluso yo lo he hecho.
Hace
cuatro años salí de ahí, de ese lugar que me dio tantas cosas buenas y
muchas experiencias; ya no estamos los mismos y para quienes nos fuimos, cada vez que
volvemos algo ha cambiado, pero hay edificios, casas, calles, arboles y
negocios que lucen completamente familiares, que te hacen recordar el rumbo y
ubicarte para sentirte nuevamente acogido en un sitio que durante tanto tiempo
fue tu hogar. Así encuentro a quienes se han quedado, siempre con una sonrisa y
dispuestos a recibirme para que me sienta cálida, lejos de la frialdad de un
hotel, cómoda más allá de la necesidad de un taxi y en familia para que tenga presente que ésta sigue siendo mi ciudad y nunca olvide que tengo
motivos para regresar.
(Este texto se lo dedico a todas esas personas, amigos y familia, que pese al tiempo y la distancia, no importa dónde estén, siguen siendo parte de mi vida y me permiten ser parte de la suya)

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