No hacía mucho tiempo atrás que me había dado cuenta de como me veía...
de reojo, silencioso, como queriendo ocultarse pero sin importarle ser descubierto, por que sabía que me daba cuenta de aquellas insistentes miradas y aun así no las desviaba, al contrario, me penetraba aún más con sus ojos grandes y oscuros, como queriendo descubrir algún secreto o descifrar mi alma, moría de miedo al pensar que eso pudiese ocurrir y por eso fingía que solo era un encuentro casual, espontáneo y estúpido y volteaba a ver cualquier otra cosa... no era tampoco que me pusiera nerviosa... pero es que ¿a quién le gusta que un desconocido intente indagar cosas privadas de su alma?
Bueno, tan desconocido no era, si sabía de quien se trataba, su nombre al menos y es que poco había escuchado hablar de él, ¡si hasta eso! al parecer era muy conocido... pero de esos que sabes que hacen pero no quienes son... hay en el mundo muchas personas así, luego te topas con esa gente a cada instante...
Había empezado a leer mi poesía en el taller, como siempre, a las cinco en punto, como cada tarde, como cada día, no era rutina, pero amaba lo que hacía e imaginaba mis poemas en el aire acumulado de esa sala... al finalizar levante la mirada, ahí estaba él, en el marco de la puerta, con sus ojos (si, esos ojos) con los brazos cruzados, y sólo, sólo me descuide un instante y ya no estaba...
Así empezó a ser cada tarde, en el taller, en los corredores...
Sí me conocía, eso también lo sé, resulta que su mejor amiga tomaba clase de saxofón conmigo. Ellos tenían una relación muy estrecha, parecían hermanos, incluso llegue a encontrarles parecido físico en determinado momento; Graciela se llamaba ella, tocaba muy bien el sax, yo en cambio era una bruta para eso, no tenia aire suficiente en los pulmones, decía, yo detestaba esa clase, a veces me la volaba y me iba a un cafecito que había en la esquina de enfrente del colegio a mano derecha, a lado de la casa de los arboles bonitos y el cotorro que les chiflaba a las muchachas, donde por cierto siempre andaba él con sus amigos y me veía, ¡ay! si de esa manera tan fea que hacía que me diera calofríos, además de que me daba pena, siempre pensé que seguramente Graciela le contaba que yo no servía para el sax por que no tenia aire en los pulmones y por eso estaba afuera a esa hora, y es que yo estoy bien mensa, habiendo tantos instrumentos que podía aprender a tocar a esa hora y con ese crédito, me decidí por el que según yo era mas difícil para mi y por tanto resultaría un reto, reto que por cierto no cumplí.
La verdad es que aun conociendo a Graciela y pudiendo preguntarle... aún y viéndolo cada tarde en el colegio y en la cafetería, en mis clases y en las suyas... yo no tenia el valor de preguntar que tanto me veía... me preguntaba si él algún día lo tendría para darme una explicación por esos intentos absurdos y feos de hurgar en mi alma, ¡mía! privada, donde nadie debía meterse y menos él por que no sabía quién era, solo lo que hacía...
Hace veinticinco años de eso, veinticinco años ya que termine la carrera y ahora escribo para una revista, anécdotas, cuentos, poemas y demás, hoy, precisamente hoy no sabia que redactar, estaba tan nerviosa, indecisa e intranquila (como he sido siempre) por primera vez en tantos años de trabajo no sabía que iba a poner, no estaba inspirada, de pronto una taza de café oscuro y sin leche interrumpió mi insomnio, se sentó justo en frente de mi, en el sillón azul feo que nunca me ha gustado y me miró fijamente, tan fijamente que no pude evitar preguntarle que pensaba, ¿por qué no escribes de cuando eras joven, no sé, algo importante que te haya pasado... como que reprobaste saxofón en el colegio de arte?, se echó a reír mientras yo fruncí el ceño, eso no era algo para escribir ni para enorgullecerse, le di un sorbete al café, no le contesté y seguí intentado escribir, pero no lo logre, era imposible con esa mirada fija sobre mi, penetrante y oscura, esa mirada que me daba calofríos y mas aún que hace veinticinco años por que ahora él ya conocía perfectamente mi alma...
de reojo, silencioso, como queriendo ocultarse pero sin importarle ser descubierto, por que sabía que me daba cuenta de aquellas insistentes miradas y aun así no las desviaba, al contrario, me penetraba aún más con sus ojos grandes y oscuros, como queriendo descubrir algún secreto o descifrar mi alma, moría de miedo al pensar que eso pudiese ocurrir y por eso fingía que solo era un encuentro casual, espontáneo y estúpido y volteaba a ver cualquier otra cosa... no era tampoco que me pusiera nerviosa... pero es que ¿a quién le gusta que un desconocido intente indagar cosas privadas de su alma?
Bueno, tan desconocido no era, si sabía de quien se trataba, su nombre al menos y es que poco había escuchado hablar de él, ¡si hasta eso! al parecer era muy conocido... pero de esos que sabes que hacen pero no quienes son... hay en el mundo muchas personas así, luego te topas con esa gente a cada instante...
Había empezado a leer mi poesía en el taller, como siempre, a las cinco en punto, como cada tarde, como cada día, no era rutina, pero amaba lo que hacía e imaginaba mis poemas en el aire acumulado de esa sala... al finalizar levante la mirada, ahí estaba él, en el marco de la puerta, con sus ojos (si, esos ojos) con los brazos cruzados, y sólo, sólo me descuide un instante y ya no estaba...
Así empezó a ser cada tarde, en el taller, en los corredores...
Sí me conocía, eso también lo sé, resulta que su mejor amiga tomaba clase de saxofón conmigo. Ellos tenían una relación muy estrecha, parecían hermanos, incluso llegue a encontrarles parecido físico en determinado momento; Graciela se llamaba ella, tocaba muy bien el sax, yo en cambio era una bruta para eso, no tenia aire suficiente en los pulmones, decía, yo detestaba esa clase, a veces me la volaba y me iba a un cafecito que había en la esquina de enfrente del colegio a mano derecha, a lado de la casa de los arboles bonitos y el cotorro que les chiflaba a las muchachas, donde por cierto siempre andaba él con sus amigos y me veía, ¡ay! si de esa manera tan fea que hacía que me diera calofríos, además de que me daba pena, siempre pensé que seguramente Graciela le contaba que yo no servía para el sax por que no tenia aire en los pulmones y por eso estaba afuera a esa hora, y es que yo estoy bien mensa, habiendo tantos instrumentos que podía aprender a tocar a esa hora y con ese crédito, me decidí por el que según yo era mas difícil para mi y por tanto resultaría un reto, reto que por cierto no cumplí.
La verdad es que aun conociendo a Graciela y pudiendo preguntarle... aún y viéndolo cada tarde en el colegio y en la cafetería, en mis clases y en las suyas... yo no tenia el valor de preguntar que tanto me veía... me preguntaba si él algún día lo tendría para darme una explicación por esos intentos absurdos y feos de hurgar en mi alma, ¡mía! privada, donde nadie debía meterse y menos él por que no sabía quién era, solo lo que hacía...
Hace veinticinco años de eso, veinticinco años ya que termine la carrera y ahora escribo para una revista, anécdotas, cuentos, poemas y demás, hoy, precisamente hoy no sabia que redactar, estaba tan nerviosa, indecisa e intranquila (como he sido siempre) por primera vez en tantos años de trabajo no sabía que iba a poner, no estaba inspirada, de pronto una taza de café oscuro y sin leche interrumpió mi insomnio, se sentó justo en frente de mi, en el sillón azul feo que nunca me ha gustado y me miró fijamente, tan fijamente que no pude evitar preguntarle que pensaba, ¿por qué no escribes de cuando eras joven, no sé, algo importante que te haya pasado... como que reprobaste saxofón en el colegio de arte?, se echó a reír mientras yo fruncí el ceño, eso no era algo para escribir ni para enorgullecerse, le di un sorbete al café, no le contesté y seguí intentado escribir, pero no lo logre, era imposible con esa mirada fija sobre mi, penetrante y oscura, esa mirada que me daba calofríos y mas aún que hace veinticinco años por que ahora él ya conocía perfectamente mi alma...
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